Dime qué pides en la primera cita y te diré quién eres

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Que una hamburguesa triple carne haya paralizado las redes sociales en Colombia durante días podría parecer, a simple vista, un chiste de internet.

Sin embargo, detrás de la avalancha de memes y promociones oportunistas de los restaurantes, el caso de la “hamburguesa triple” ha puesto sobre la mesa un debate mucho más profundo y, a veces, un tanto incómodo sobre qué se debe pedir en una primera cita.

El detonante fue el relato de una fallida primera cita donde el tamaño del plato elegido por una mujer fue suficiente para que su acompañante la clasificara bajo etiquetas morales bastante cuestionables.

De pronto, el apetito se convirtió en un medidor de intenciones y el menú en un detector de “valores”. Pero, ¿desde cuándo el tamaño de una porción de comida define la decencia o el interés de un ser humano?

El verdadero problema no es el precio de la carne, sino la costumbre de medir las relaciones humanas bajo la lógica del costo-beneficio.

Es innegable que salir a tener una cita hoy en día genera presiones económicas reales. La inflación se siente en los bolsillos y el dilema de quién debe pagar la cuenta (o si se debe dividir a la mitad) sigue siendo un terreno minado de expectativas no habladas.

Sin embargo, abordar el cortejo como si fuera un negocio, donde se espera cierta sumisión o un comportamiento específico a cambio de pagar la cena, despoja al encuentro de su propósito original que es conocer a otra persona de manera genuina.

Si el presupuesto es limitado, la solución siempre será la comunicación honesta o la elección de un plan más sencillo, pero nunca la fiscalización del plato ajeno.

Intentar controlar lo que la otra persona consume para “proteger” el bolsillo no solo apaga la magia de cualquier salida, sino que revela una profunda inseguridad sobre las dinámicas de poder en la pareja.

Al final, este fenómeno viral nos deja una lección valiosa sobre la empatía y la ligereza que nos hace falta al relacionarnos. Una primera cita debería ser un espacio seguro para reír, conversar y, por qué no, disfrutar de una buena comida sin el temor de estar siendo evaluado en una hoja de cálculo invisible.

Ojalá que la próxima vez que nos sentemos a la mesa con alguien, nos preocupemos menos por el número de carnes en el plato y mucho más por la calidad de la conversación.

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