Superioridad moral para ‘destripar’

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Bajo el sol húmedo de Florencia, Caquetá, un viejo de 74 años sostiene un fajo de panelas con las manos agrietadas por el campo. Frente a él, un profesor de una universidad pública y líder sindical levanta la cámara de su teléfono móvil. No busca comprarle. Busca grabarlo para darle una “lección moral”. Don Luis Felipe Yagüé escucha en un silencio digno, con la cabeza gacha, mientras el académico le comunica que, por haber votado diferente, ya no le comprará más.

Fanatismo ciego

Este no es un simple incidente callejero; es el síntoma de una Colombia enferma de rabia y superioridad moral. Hoy todos somos testigos del peligroso espectáculo de un presidente saliente que se niega a reconocer los resultados electorales, atrincherándose en teorías de fraude sin una sola prueba.

Esa pataleta desde el poder ha sembrado en su base más radical una idea peligrosa: que ellos son los únicos portadores de la luz y la decencia, mientras que el resto de los ciudadanos —especialmente los más humildes que votaron distinto— son cómplices del mal.

Cuando el líder máximo desconoce las reglas del juego, sus seguidores se sienten con la licencia moral para destripar civilmente al disidente. La tesis es simple y de terror: si no piensas como yo, no mereces trabajar, comer ni conservar tu dignidad.

La “pedagogía” del matoneo

El profesor Franklin Gamboa salió a defenderse en los medios con un argumento que raya en el cinismo: dijo que registrar al anciano fue un acto “pedagógico”.

La nueva pedagogía: Boicotear el sustento de un vendedor ambulante y humillarlo públicamente por ejercer su libertad de elegir en las urnas.

El profesor argumenta que moralmente no puede apoyar a quien votó por un grupo que supuestamente quiere “destripar” a los maestros. La ironía es monumental. En su afán por no ser destripado, el académico utiliza su superioridad moral para destripar la dignidad de un anciano que solo busca el pan de cada día vendiendo de puerta en puerta. Así funciona el fanatismo.

Para Gamboa, la intimidad de Don Luis no vale nada. Lo que realmente importaba era el aplauso fácil de su propia barra digital; un aplauso que creyó cosechar con una humillación grabada que, en su cabeza, equivalía a un acto de heroica resistencia política. Nada más lejos de la realidad.

¿Libertad de mercado?

No faltaron los defensores del profesor que salieron a decir que esto es perfectamente válido, argumentando que cada uno es libre de gastar su dinero donde quiera y de dejar de comprarle a quien le plazca.

Tienen razón en lo primero: el consumo es libre. Pero el escándalo no se generó por un debate de libre mercado, sino por el escarnio público al que fue sometido Don Luis. Una cosa es elegir no comprar algo en silencio. Otra muy distinta es encender una cámara, acorralar a un adulto mayor, grabarlo sin su consentimiento y difundir el video en internet para destruir su reputación.

Eso no es objeción de conciencia; es matoneo puro revestido de superioridad intelectual.

Afortunadamente, el odio se ahogó en su propio veneno. Las calles de Florencia se llenaron de vecinos que corrieron a comprarle panela, café y miel a Don Luis Felipe, transformando la humillación en una avalancha de solidaridad que traspasó fronteras.

Incluso, el presidente electo Abelardo de la Espriella le extendió una invitación personal a Don Luis para que asista a su acto de posesión, mientras ordenaba a sus ministros de Comercio y Agricultura diseñar programas de emprendimiento basados en la experiencia de los paneleros tradicionales.

Mientras el profesor cerraba sus redes sociales acorralado por el rechazo general, el viejo de la panela no ha parado de recibir apoyo y gratitud. El tiro les salió por la culata. ¿Aprenderemos finalmente la lección o seguiremos permitiendo que nos destripe la soberbia?